… Instrumento ciego de su propia destrucción”, dijo Bolívar y juro que todo el pensamiento social de ese egregio ser humano está contenido en esa máxima. La ignorancia es el más poderoso instrumento de destrucción que el hombre haya conocido, y, no precisamente, es reducto exclusivo de analfabetos o de semicultos, las universidades al masificarse han contribuido a engrosar con ignorantes especificistas diplomados, este ejército supranacional devastador. La historia de las democracias latinoamericanas es un compendio de equivocaciones segregadas por la ignorancia de pueblos incapaces de leer el orden interno de sus propias realidades, vegetando en la culpa atribuida siempre a factores exógenos. Pueblos mal informados, mal educados, mal alimentados, mal criados, mal instruidos, sin profesionalizar sus destrezas naturales, a merced de demagogos y publicistas, sin el menor sentido crítico e incapacitados para la observación intelectual de su entorno inmediato para incidir en su transformación, con las manos como cuencos esperando la caridad privada o la “justicia social” estatista, y dispuesto a la sumisión a cambio de la supervivencia. Y una de las más certeras evidencias de este aserto bolivariano, histórico, es lo que llaman “opinión pública”. La máxima expresión de la ignorancia, contaminada además por la emocionalidad, la superstición y el miedo, potenciada por las estadísticas que la toman como base para la toma de decisiones económicas o políticas. Y es precisamente el 15% de esta población, que ha logrado entender que el truco está en pensar, el que debe pagar el inmenso costo producido por las “preferencias” de la ignorancia, exponenciada en la reproducción irresponsable, incluyendo la elección de sus máximas autoridades o la música que transmiten las emisoras de radio. Pero para colmo, está de moda propiciar el ascenso artificial de la ignorancia, eliminando filtros y méritos académicos, creando la falsa percepción de una supuesta injusticia que habría negado a los “excluidos” el acceso a los estamentos superiores de la autoridad. Pronto el desastre los convencería de su tremendo error. La supervivencia de los aptos no es un sofisma sino una realidad poderosa imposible de alterar. Y son los aptos quienes generan civilización y progreso humano. Porque los “aptos” son aquellos que poseen “aptitud”, es decir, la disposición innata, física o psíquica (sensoriales, sensoriomotrices, mentales, intelectuales), para la ejecución de ciertas tareas o trabajos. El discurso de los no aptos es la violencia. Incapaces de construir son especialistas en destruir.
El populismo como carnada para los no aptos
Es absolutamente incontrovertible a estas alturas del proceso económico de las naciones, en el que está comprobado que la productividad individual es el núcleo del progreso colectivo, que el populismo es un atentado contra la viabilidad política y económica de un país. Pero para aquellos líderes latinoamericanos obsesionados por el poder, y dado el inmenso porcentaje de población no apta con derecho a voto, el populismo se ha constituido en una nueva forma de dictadura, la comicial. Garantizándoles a los no aptos su supervivencia basal, tendrá siempre a la mano los sufragios necesarios para aprobar constituciones que violen derechos naturales, como el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada o para imponer vía referendos proyectos políticos hegemónicos y continuistas. Populismo se denomina la acción política que pretende defender los intereses del pueblo, pero que en la práctica no es sino demagogia. Es decir, que bajo la adulación del pueblo pobre, pretende conservar el poder, que es su única y auténtica ambición, en contra del interés general. El Populista hará todo en nombre de los pobres, incluso perjudicarlos, y engañarlos dándoles cosas con dinero prestado, endeudamiento que empeorara la situación a futuro, para que estos voten por él. Y lo más triste para ese mismo pueblo improductivo y limosnero, parasitario, creado por el populismo es que convoca las más fieras dictaduras que la historia reseña. Pero el Populismo en su delirante demagogia no sólo hace regalos a los pobres, sino también a las demás franjas sociales. Los empresarios dejan de ser competitivos; en lugar de apostar a la imaginación y la excelencia, se instalan a la sombra del Estado, para obtener privilegios y ganancias fáciles, convirtiéndose en dóciles y aborregados “contratistarios”. El sector productivo languidece, porque no recibe estímulos, el cual es el que debería de ser más apoyado, porque el sector productivo es el único que podría dar trabajo a tanta gente que lo necesita. Al ejército lo convierte en caricatura articulada alrededor de la corrupción y el desprestigio. A los estudiantes se les flexibilizan las exigencias curriculares para que se gradúen todos los que intenten profesionalizarse aunque carezcan de condiciones y de formación para ello. Las instituciones encargadas de la seguridad social del colectivo son desmanteladas para privilegiar epilépticos operativos ineficientes que empeoran la calidad de vida a largo plazo de los más pobres, pero publicitan la preocupación que por ellos dice sentir el demagogo. El populismo simula ser revolucionario, y lo simula muy bien. De ese modo atrapa la pasión de jóvenes, intelectuales de izquierda y gente solidaria que cae bajo sus malabarismos pseudo-ideológicos. “El populismo, escribe Jorge Edward, no es un fenómeno exclusivo de América Latina. Los fascismos europeos fueron populistas, sobre todo en sus orígenes. El estalinismo, por su parte, se estableció en nombre del pueblo y fue una pretendida dictadura del proletariado, aun cuando el poder proletario era suplantado por el partido, y el del partido, por el de su secretario general, como lo señalaron desde los primeros tiempos algunos ensayistas políticos que hoy día son clásicos. Eran formas de poder apoyadas en una ideología totalizadora y que permitían una especie de tiranía perversa y perfecta. A pesar de eso, tuvieron una duración limitada y terminaron por desmoronarse. La historia del siglo XX, en definitiva, es la historia de todo ese proceso: de su desarrollo, de sus crímenes, de su crisis final. Los populismos latinoamericanos siempre son el resultado de fracasos escandalosos de la política que se podría llamar normal, la que sigue la línea de las democracias occidentales. Son consecuencias directas de la corrupción, de la desigualdad extrema, de la completa irresponsabilidad política y económica
La propuesta comunista como “justicia social”
Desde que Chávez anunció al país, como inspiración propia, lo de “Socialismo Siglo XXI, como conozco las limitaciones intelectuales del personaje, y, por supuesto, el “socialismo” como antifaz del criminal reduccionismo comunista, comencé a investigar sobre el particular, para no irme de bruces. Y al fin, luego de mucho escudriñar, encontré el texto base de su discurso… en Cuba. Fue una propuesta de reforma del sociólogo y politólogo Aurelio Alonso, investigador del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) de La Habana, realizada en el marco del Foro Social Mundial, en Enero del año 2003, en el que expresara: “En Cuba tenemos lo que podríamos llamar una transición del socialismo clásico del siglo veinte a uno viable en este siglo. Lo digo de una manera muy vaga, pues si me pregunta cuál es ese tipo de socialismo y cuáles sus patrones, solo puedo afirmar que aquí es donde tiene que funcionar la imaginación en todos los niveles de nuestra sociedad” (¿?¿?). Así que el tal “socialismo siglo XXI chavista” es comunismo cubano barnizado, desesperado ante el tremedal de la inmensa estupidez que devorará en horas 47 años de idiotez criminal. Pero lo que es necesario denunciar es que esta perversión inhumana se escuda detrás de lo que los sociólogos de última generación llaman “justicia social”, que en realidad es filantropía estatal. A cambio de recibir, en el caso venezolano, porque en Cuba es a cambio de nada, las migajas sobrantes del festín petrolero, el pueblo debe resignar su libertad y su derecho a ser individuo de conciencia inteligente para fundirse en la masa aborregada, de conciencia colectiva, y mimetizada en los colores del líder ungido religión. Pero, en la realidad, nada es más injusto socialmente hablando que el comunismo, porque si “la justicia social” propende, en teoría, a la inclusión de todos los ciudadanos en la protección del Estado de bienestar, en la praxis comunista lo que resulta es la exclusión de todos los ciudadanos, nivelados por debajo, del bienestar producido por el Estado para mantener un ejército poderoso y una nomenclatura soberbia que reduzca a la obediencia medrosa a toda la sociedad convertida en masa sin más derecho que al de sobrevivir. En Cuba no se acuesta nadie sin cenar… porque el que no ha cenado no se acuesta.
El combate a la ignorancia
El principal enemigo de la libertad es la ignorancia. La escuela, mejor dicho los maestros deben asumir su responsabilidad histórica con el deber ser ciudadano. Más allá de la instrucción “bancaria” que denunciara Freyre, es imperativo enseñar a pensar y entrenar ese pensamiento para generar eficiencia crítica positiva. Porque la eficiencia también puede ser maligna. Es sumamente necesario que el valor “libertad” se introyecte adecuadamente y de tal manera que sea imposible que un venezolano pueda buscar la solución a sus conflictos económicos o políticos en ninguna propuesta que cercene libertades, como el comunismo. En Venezuela, los gobiernos de la democracia, en una estúpida cesión de soberanía, le encomendaron a los comunistas la formación de nuestros profesionales, con lo que de nuestros centros de educación “superior” egresaron los cerebros más atrasados, políticamente hablando, de América Latina, lo que conspiró contra la supervivencia de la democracia, que pasó a ser culpable, como sistema, de los errores cometidos por sus gobiernos, de los que, paradójicamente, vivieron parasitariamente los exegetas del comunismo. Para comenzar debemos enseñar con claridad lo que es comunismo: “Comunismo es ponernos iguales a todos sin valorar el trabajo de cada uno”. Esta definición no pertenece a ningún estudioso del perverso sistema, sino a una humilde ama de casa, cuyo nombre no quedó registrado, que llamó a un programa de radio en el cual entrevistaban a Emeterio Gómez. Esa claridad conceptual hay que llevarla al pueblo, al que hay que enseñar que detectar su grado de ignorancia es diagnosticarle un peligroso mal que lo subordina, por indefensión, a los intereses de los demagogos, los peores enemigos de su desarrollo. Hay que enseñar al pueblo a combatir a la ignorancia con información actualizada y conocimientos, con cultura que es precisamente conciencia de libertad, porque la ignorancia es una flaqueza humana por donde penetra todo tipo de supersticiones, especulaciones, ideologizaciones, creencias implantadas, fanatismo, miedo y populismo. Y si el ignorante no detecta a tiempo esta virosis curable hará metástasis en estupidez que es irreversible y letal.
Nota
La esperanza de la ignorancia
Suelo decir que hay que poner de moda la palabra “buscanza” porque “esperanza” no puede derivar de esperar sino de buscar. Y la ignorancia espera, espera y espera, en bostezante pasividad, y a ese esperar larval llama “esperanza”. Y debo separar la esperanza teológica, de la esperanza que mueve al hombre a la búsqueda de mejor calidad de vida, que es activa y esforzada, y tiene como herramientas sustantivas el estudio, el trabajo y la responsabilidad. El bienestar es directamente proporcional a la buscanza.
Nota
La ignorancia del “camarada sindicalista”
Frente al portón derruido de las ruinas de una fábrica un sindicalista arenga a un pequeño grupo de trabajadores llamándolos camaradas. Me detengo a escuchar. Mezcla consignas “revolucionarias” como insultos a los Estados Unidos y vivas a Cuba, con los reclamos puntuales de los trabajadores, que se limitan a un problema con unas horas extras o algunas bonificaciones incumplidas por el patrono. Me pregunto: ¿Se habrá enterado, así sea por casualidad, este “sindicalista” de la inmensa contradicción de su discurso comunista y su condición de representante sindical? Y ese es uno de los más graves dislates de la ignorancia, su incapacidad para compaginar la realidad. En el microcosmos comunista no existe, repito, no existe, ni puede existir el sindicalismo independiente como lo ejerce el revoltoso citado. Ni derechos ni beneficios contractuales. Y menos una protesta laboral como la protagonizada por esos trabajadores, que serían acusados de anarquistas y condenados a trabajos forzados por reclamar sus derechos. El estatismo comunista, sustentado por el terrorismo militarista, se arroga la facultad de pensar por la sociedad y conocer sus necesidades, de allí se desprende su filosofía “a cada cual según sus necesidades”, se comprende determinadas por el Estado omnipresente. Así que es el estado el que fija la felicidad de los trabajadores. Para controlar eso existen los comisarios del régimen dentro de las áreas de trabajo. Como los tales “sindicalistas” camaradas.
El populismo como carnada para los no aptos
Es absolutamente incontrovertible a estas alturas del proceso económico de las naciones, en el que está comprobado que la productividad individual es el núcleo del progreso colectivo, que el populismo es un atentado contra la viabilidad política y económica de un país. Pero para aquellos líderes latinoamericanos obsesionados por el poder, y dado el inmenso porcentaje de población no apta con derecho a voto, el populismo se ha constituido en una nueva forma de dictadura, la comicial. Garantizándoles a los no aptos su supervivencia basal, tendrá siempre a la mano los sufragios necesarios para aprobar constituciones que violen derechos naturales, como el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada o para imponer vía referendos proyectos políticos hegemónicos y continuistas. Populismo se denomina la acción política que pretende defender los intereses del pueblo, pero que en la práctica no es sino demagogia. Es decir, que bajo la adulación del pueblo pobre, pretende conservar el poder, que es su única y auténtica ambición, en contra del interés general. El Populista hará todo en nombre de los pobres, incluso perjudicarlos, y engañarlos dándoles cosas con dinero prestado, endeudamiento que empeorara la situación a futuro, para que estos voten por él. Y lo más triste para ese mismo pueblo improductivo y limosnero, parasitario, creado por el populismo es que convoca las más fieras dictaduras que la historia reseña. Pero el Populismo en su delirante demagogia no sólo hace regalos a los pobres, sino también a las demás franjas sociales. Los empresarios dejan de ser competitivos; en lugar de apostar a la imaginación y la excelencia, se instalan a la sombra del Estado, para obtener privilegios y ganancias fáciles, convirtiéndose en dóciles y aborregados “contratistarios”. El sector productivo languidece, porque no recibe estímulos, el cual es el que debería de ser más apoyado, porque el sector productivo es el único que podría dar trabajo a tanta gente que lo necesita. Al ejército lo convierte en caricatura articulada alrededor de la corrupción y el desprestigio. A los estudiantes se les flexibilizan las exigencias curriculares para que se gradúen todos los que intenten profesionalizarse aunque carezcan de condiciones y de formación para ello. Las instituciones encargadas de la seguridad social del colectivo son desmanteladas para privilegiar epilépticos operativos ineficientes que empeoran la calidad de vida a largo plazo de los más pobres, pero publicitan la preocupación que por ellos dice sentir el demagogo. El populismo simula ser revolucionario, y lo simula muy bien. De ese modo atrapa la pasión de jóvenes, intelectuales de izquierda y gente solidaria que cae bajo sus malabarismos pseudo-ideológicos. “El populismo, escribe Jorge Edward, no es un fenómeno exclusivo de América Latina. Los fascismos europeos fueron populistas, sobre todo en sus orígenes. El estalinismo, por su parte, se estableció en nombre del pueblo y fue una pretendida dictadura del proletariado, aun cuando el poder proletario era suplantado por el partido, y el del partido, por el de su secretario general, como lo señalaron desde los primeros tiempos algunos ensayistas políticos que hoy día son clásicos. Eran formas de poder apoyadas en una ideología totalizadora y que permitían una especie de tiranía perversa y perfecta. A pesar de eso, tuvieron una duración limitada y terminaron por desmoronarse. La historia del siglo XX, en definitiva, es la historia de todo ese proceso: de su desarrollo, de sus crímenes, de su crisis final. Los populismos latinoamericanos siempre son el resultado de fracasos escandalosos de la política que se podría llamar normal, la que sigue la línea de las democracias occidentales. Son consecuencias directas de la corrupción, de la desigualdad extrema, de la completa irresponsabilidad política y económica
La propuesta comunista como “justicia social”
Desde que Chávez anunció al país, como inspiración propia, lo de “Socialismo Siglo XXI, como conozco las limitaciones intelectuales del personaje, y, por supuesto, el “socialismo” como antifaz del criminal reduccionismo comunista, comencé a investigar sobre el particular, para no irme de bruces. Y al fin, luego de mucho escudriñar, encontré el texto base de su discurso… en Cuba. Fue una propuesta de reforma del sociólogo y politólogo Aurelio Alonso, investigador del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) de La Habana, realizada en el marco del Foro Social Mundial, en Enero del año 2003, en el que expresara: “En Cuba tenemos lo que podríamos llamar una transición del socialismo clásico del siglo veinte a uno viable en este siglo. Lo digo de una manera muy vaga, pues si me pregunta cuál es ese tipo de socialismo y cuáles sus patrones, solo puedo afirmar que aquí es donde tiene que funcionar la imaginación en todos los niveles de nuestra sociedad” (¿?¿?). Así que el tal “socialismo siglo XXI chavista” es comunismo cubano barnizado, desesperado ante el tremedal de la inmensa estupidez que devorará en horas 47 años de idiotez criminal. Pero lo que es necesario denunciar es que esta perversión inhumana se escuda detrás de lo que los sociólogos de última generación llaman “justicia social”, que en realidad es filantropía estatal. A cambio de recibir, en el caso venezolano, porque en Cuba es a cambio de nada, las migajas sobrantes del festín petrolero, el pueblo debe resignar su libertad y su derecho a ser individuo de conciencia inteligente para fundirse en la masa aborregada, de conciencia colectiva, y mimetizada en los colores del líder ungido religión. Pero, en la realidad, nada es más injusto socialmente hablando que el comunismo, porque si “la justicia social” propende, en teoría, a la inclusión de todos los ciudadanos en la protección del Estado de bienestar, en la praxis comunista lo que resulta es la exclusión de todos los ciudadanos, nivelados por debajo, del bienestar producido por el Estado para mantener un ejército poderoso y una nomenclatura soberbia que reduzca a la obediencia medrosa a toda la sociedad convertida en masa sin más derecho que al de sobrevivir. En Cuba no se acuesta nadie sin cenar… porque el que no ha cenado no se acuesta.
El combate a la ignorancia
El principal enemigo de la libertad es la ignorancia. La escuela, mejor dicho los maestros deben asumir su responsabilidad histórica con el deber ser ciudadano. Más allá de la instrucción “bancaria” que denunciara Freyre, es imperativo enseñar a pensar y entrenar ese pensamiento para generar eficiencia crítica positiva. Porque la eficiencia también puede ser maligna. Es sumamente necesario que el valor “libertad” se introyecte adecuadamente y de tal manera que sea imposible que un venezolano pueda buscar la solución a sus conflictos económicos o políticos en ninguna propuesta que cercene libertades, como el comunismo. En Venezuela, los gobiernos de la democracia, en una estúpida cesión de soberanía, le encomendaron a los comunistas la formación de nuestros profesionales, con lo que de nuestros centros de educación “superior” egresaron los cerebros más atrasados, políticamente hablando, de América Latina, lo que conspiró contra la supervivencia de la democracia, que pasó a ser culpable, como sistema, de los errores cometidos por sus gobiernos, de los que, paradójicamente, vivieron parasitariamente los exegetas del comunismo. Para comenzar debemos enseñar con claridad lo que es comunismo: “Comunismo es ponernos iguales a todos sin valorar el trabajo de cada uno”. Esta definición no pertenece a ningún estudioso del perverso sistema, sino a una humilde ama de casa, cuyo nombre no quedó registrado, que llamó a un programa de radio en el cual entrevistaban a Emeterio Gómez. Esa claridad conceptual hay que llevarla al pueblo, al que hay que enseñar que detectar su grado de ignorancia es diagnosticarle un peligroso mal que lo subordina, por indefensión, a los intereses de los demagogos, los peores enemigos de su desarrollo. Hay que enseñar al pueblo a combatir a la ignorancia con información actualizada y conocimientos, con cultura que es precisamente conciencia de libertad, porque la ignorancia es una flaqueza humana por donde penetra todo tipo de supersticiones, especulaciones, ideologizaciones, creencias implantadas, fanatismo, miedo y populismo. Y si el ignorante no detecta a tiempo esta virosis curable hará metástasis en estupidez que es irreversible y letal.
Nota
La esperanza de la ignorancia
Suelo decir que hay que poner de moda la palabra “buscanza” porque “esperanza” no puede derivar de esperar sino de buscar. Y la ignorancia espera, espera y espera, en bostezante pasividad, y a ese esperar larval llama “esperanza”. Y debo separar la esperanza teológica, de la esperanza que mueve al hombre a la búsqueda de mejor calidad de vida, que es activa y esforzada, y tiene como herramientas sustantivas el estudio, el trabajo y la responsabilidad. El bienestar es directamente proporcional a la buscanza.
Nota
La ignorancia del “camarada sindicalista”
Frente al portón derruido de las ruinas de una fábrica un sindicalista arenga a un pequeño grupo de trabajadores llamándolos camaradas. Me detengo a escuchar. Mezcla consignas “revolucionarias” como insultos a los Estados Unidos y vivas a Cuba, con los reclamos puntuales de los trabajadores, que se limitan a un problema con unas horas extras o algunas bonificaciones incumplidas por el patrono. Me pregunto: ¿Se habrá enterado, así sea por casualidad, este “sindicalista” de la inmensa contradicción de su discurso comunista y su condición de representante sindical? Y ese es uno de los más graves dislates de la ignorancia, su incapacidad para compaginar la realidad. En el microcosmos comunista no existe, repito, no existe, ni puede existir el sindicalismo independiente como lo ejerce el revoltoso citado. Ni derechos ni beneficios contractuales. Y menos una protesta laboral como la protagonizada por esos trabajadores, que serían acusados de anarquistas y condenados a trabajos forzados por reclamar sus derechos. El estatismo comunista, sustentado por el terrorismo militarista, se arroga la facultad de pensar por la sociedad y conocer sus necesidades, de allí se desprende su filosofía “a cada cual según sus necesidades”, se comprende determinadas por el Estado omnipresente. Así que es el estado el que fija la felicidad de los trabajadores. Para controlar eso existen los comisarios del régimen dentro de las áreas de trabajo. Como los tales “sindicalistas” camaradas.

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