martes, 23 de enero de 2007

23 de enero de 1958 democracia y punto I


Cuando se cumplen 49 años, casi medio siglo, de la asonada popular que lanzó al degredo de la historia al último tirano que deshonró la patria y la gesta de Bolívar, produce el asombro ver a Venezuela nuevamente dominada por una tiranía, esta vez envuelta en un autoritarismo inédito, surgido de unas elecciones y bajo premisa constitucional, que con una serie de subterfugios leguleyos logró dominar el escenario institucional de la república para perpetuar a un delirante mesiánico en el poder, con la ignorante complicidad de un pueblo cuyas necesidades de supervivencia fueron o ignoradas o insatisfechas por los últimos gobernantes del período democrático que culminó en diciembre de 1999. No podrá Venezuela celebrar los 50 años de su democracia, el poder metaconstitucional que detenta el presidente de la república, y la discrecionalidad con la que es manejado el dinero del petróleo para conquistar mantenidos internacionales como Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Cuba, y engañar con su discurso y misiones pobrecitistas a la masa que le sirve de base a sus ansias de poder omnímodo, ha permitido que sin prisa pero sin pausa esa autocracia haya dado un viraje, que fue anunciado por muchas voces, para instaurar, quien sabe por cuantas generaciones, un régimen comunista en el país bajo la premisa del socialismo siglo XXI, lo que seguramente no se esperaba Fidel Castro, que fue derrotado por Rómulo Betancourt en sus aspiraciones de exportar su revolución inmoral. Sin embargo, el pueblo venezolano de conciencia inteligente, que no ha podido engañar el déspota con sus limosnas infamantes, sigue librando una batalla por la democracia y por la libertad, usando los pocos espacios que todavía le quedan, tomando este día 23 de enero, como símbolo de la victoria posible.
El primer esbozo democrático

En puridad histórica, el primer desplante democrático venezolano, surgió el 14 de febrero de 1936, de la voluntad de la primera manifestación popular multitudinaria que se realizara en Venezuela, que fue salvajemente reprimida pero que obtuvo como resultado la eliminación del rezago gomecista enquistado en el gobierno de Eleazar López Contreras. Y desde ese día comenzó Venezuela su lucha por las reivindicaciones políticas que la llevarían al disfrute de la democracia formal a partir del 23 de enero de 1958, luego de superados los diez años de oscurantismo que significó el infausto período perejimenista.
De un pueblo semi bárbaro a una nación desarrollada

Para poder evaluar lo que tenemos hoy es imperativo recorrer con sindéresis la historia de la Venezuela pre democrática cuando Venezuela era un harapiento país campesino, sin libertades públicas, con un nivel de analfabetismo cercano al 50%, a pesar de que su población apenas llegaba a los siete millones de habitantes; con la educación primaria restringida a aquellas capitales de distrito con alta densidad de población, y liceos con bachillerato completo solamente en las capitales de Estado, y con tercer año en algunas contadas ciudades; en el que existían tres universidades públicas y dos privadas, con escasos núcleos; sin luz eléctrica ni agua potable en la mayoría de los pueblos provinciales; sin vías de comunicación, salvo las que entrelazaban las grandes ciudades; sin hospitales para las mayorías; con un reducido e insignificante número de profesionales universitarios y con una industria mínima. De ese estado semi bárbaro, aterrorizado por la amenaza brutal de la dictadura que mantuvo encarcelada, torturada, asesinada o exiliada a sus mejores mentes, pasamos, a partir de 1958, a un país, entre muchas ventajas, con libertades plenas, en el que se destituyó, enjuició y encarceló un Presidente de República, evidencia de la perfectibilidad del sistema; administrado bajo un proceso de descentralización esperanzador, con elección directa de gobernadores y alcaldes, inmerso en el mundo científico y tecnológico, en el que se “sembró el petróleo” financiando un sistema educativo masificado con 7.631.031 estudiantes (no existe un pueblo en la Venezuela de hoy, por remoto que sea, que no tenga una escuela). Liceos de bachillerato completo en casi todas las poblaciones; con treinta y nueve universidades (21 públicas y 18 privadas), de las que han egresado más de cien mil ingenieros, considerados, junto con nuestros 44 mil médicos, de los mejores de América Latina, que forman parte de una fortaleza de 2.514.935 ciudadanos con nivel educativo técnico superior o universitario en todos los órdenes, incluyendo las fuerzas armadas; y más de cien institutos universitarios, e institutos de investigaciones científicas; y que redujo el analfabetismo al 6,4%, para asombro de la demagogia en función de poder, recordando que todo asombro es ignorancia. Y además, que cuenta con servicios básicos imprescindibles como luz eléctrica, agua, hospitales y módulos asistenciales, telefonía y cloacas, con contadas excepciones, en todo el país cruzado por casi 80 mil kilómetros de carreteras y autopistas, dinámicas zonas industriales, una empresa petrolera nacionalizada altamente eficiente, hoy en peligro de destrucción, un complejo hidroeléctrico espectacular, capaz de exportar energía, que le economiza al país millones de barriles anuales de petróleo que se revierten en divisas indispensables para el desarrollo; una pequeña y mediana industria pujante que necesita mercados más que apoyo financiero, y en el que nació Ciudad Guayana como pujante polo de desarrollo minero y siderúrgico, sede del parque industrial metal mecánico ocioso o sub utilizado más grande de América Latina; todo esto sin agotar el inventario, y sin mencionar, el puente sobre el lago de Maracaibo o sobre el Orinoco, y los espacios para la cultura y el esparcimiento, como el Teatro Teresa Carreño, el Poliedro y las costosas instalaciones deportivas. Esta es la Venezuela de hoy que también exhibe negativamente una población en pobreza crítica, producto de una insostenible situación económica, producida por una falta de crecimiento económico sostenido, con pequeños intentos insuficientes, el pago del servicio de la deuda externa que consume un elevado porcentaje de los ingresos petroleros, por la corrupción obscena de gobernantes inescrupulosos, sobre todo en los últimos años, por una ineficiente distribución de la riqueza, en la que llevar al pueblo un bolívar de servicios públicos cuesta tres, por la carencia de un eficaz sistema de seguridad social, acompañado por el fracaso de la educación como fuente de artes y oficios, y agravado por la actitud de una masa poblacional, con locus de control externo, convencida de que la solución de sus problemas es asunto de Dios, el azar o el gobierno, sin la menor estructura volitiva para su desarrollo personal, abrazada a las piernas del poderoso de turno. Pero la única manera de eliminar o minimizar esta pobreza que nos duele y hiere nuestra inteligencia, es en libertad, con más y mejor democracia y con la participación directa de los afectados que deben pasar a formar parte de las soluciones. Porque el reto para erradicar la pobreza radica en promover el crecimiento económico sostenido, que a la vez aminore la desigualdad, propiciando el libre mercado, el equilibrio de las finanzas públicas, el incremento del ahorro interno, el fortalecimiento de las empresas y de la generación de cada vez más empleos, mejor remunerados. En este sentido la distribución de la riqueza es una tarea productiva, no asistencialista, de corresponsabilidad entre la sociedad y el poder público, entendida como una función solidaria de gran alcance que le permite al ciudadano pertenecer a una sociedad más justa y más digna, pero fortaleciendo la responsabilidad del individuo.
La democracia es un camino que se construye día a día, y se optimiza generación a generación

Los venezolanos que nacieron a partir del 23 de enero de 1958, no conocieron la Dictadura, y por eso algunos la invocan como solución a los problemas sociales que aquejan al país, confundiendo el concepto de democracia, que es un pacto político para evitar la tiranía, con gobiernos en democracia que son los responsables de los errores que generaron el descontento popular. Por ello aquellos que la conocieron o sufrieron sus devastadores efectos tienen la obligación moral de, a pesar del tiempo transcurrido, alertar a la sociedad sobre lo funesto de esta forma despótica de gobernar. Desde aquel 23 de enero de 1958 hasta diciembre de 1998 se había venido consolidando la democracia, con sus errores e imperfecciones, sus sobresaltos y amenazas, pero también, con lo más importante, con el espíritu de libertad que se introyectó en la inmensa mayoría del pueblo venezolano, que, a pesar de todo, cada día adquiere más conciencia inteligente sobre su responsabilidad en la participación política que define el sistema democrático, y defiende con ahínco sus libertades sustantivas como son el disenso, la libertad de expresión, los derechos humanos, el estado de derecho, la institucionalidad y el respeto debido a la Constitución. Con esa firme determinación del pueblo es imposible que tenga éxito cualquier forma de despotismo en Venezuela, como la que hoy pretende implantar la igualdad por debajo, por encima de la libertad, imponiendo al país un sistema político devaluado y repudiado por la humanidad entera después de setenta años de oprobio y cien millones de muertos como evidencia de su ineficacia y tendencia criminal.
El 23 de enero de 1958 se consolida la igualdad

El 23 de enero de 1958 es la fecha que marcó en el alma colectiva venezolana el fin de todas las pesadillas dictatoriales. Fue el sepulcro definitivo de 128 años de barbarie militarista que sumió a Venezuela en el atraso, la miseria y el terror. Fue el inicio de la concepción de la libertad como máxima expresión del espíritu humano, y fue la fecha que consolida en la práctica el ejercicio definitivo, y para siempre, de la igualdad. Porque es completamente falso que con la Federación se haya implantado la igualdad, fue, en todo caso el insolente igualitarismo refistolero lo que se impuso. Puro marco teórico como lo de “Dios y Federación” en los documentos públicos de gobiernos centralistas, lo que es llevado hoy en día a la exacerbación por el autócrata en mala hora elegido por el pueblo. Pero la igualdad, esa portentosa figura humanista que coloca a cada cual según sus capacidades en el mismo plano, eliminando estúpidos privilegios exógenos como el color de la piel, apellidos o procedencia, definición que nos coloca en el dilema hamletiano del “ser o no ser” por nuestra propia aptitud y voluntad y no por la decisión de limitaciones sociales, es producto de la democracia surgida el 23 de enero de 1958.
Igualdad en las fuerzas armadas

Uno de los estamentos institucionales donde la igualdad se reflejó con mayor vigor a partir del 23 de enero de 1958, fue en la oficialidad de las Fuerzas Armadas, que eran reducto inexpugnable de blancos, catires preferentemente, mejor de clase pudiente y con dos apellidos obligatoriamente. Fueron muchos los catiritos que buscaban ansiosamente al padre barragano para que lo reconociera para poder ingresar a la Fuerza de su preferencia con sus dos apellidos, y sobra quien se inventó el otro repitiendo el de la madre. Si no me creen, investiguen cuántos oficiales negros o “de color”, o cuántos estudiantes de la Academia Militar, con estas características, lo eran antes del 23 de enero de 1958.
La masificación de la educación: un logro de la democracia

El 23 de enero es fecha reverente para el pueblo venezolano consciente; el país, a partir de allí, se pobló de escuelas, hasta el último caserío tuvo la suya. Solamente en el depauperado estado Sucre se crearon 3.600 escuelas en dos años, entre 1960 y 1962, lo que constituyó un hito mundial reconocido por la Unesco. La matrícula en los liceos se quintuplicó obligando al gobierno a crear nuevas infraestructuras para albergarla. La movilidad social producida por la igualdad de oportunidades en las universidades no tiene parangón en la historia de América Latina. Hay que ver la cantidad de jóvenes egresados de humildes liceos provincianos, que llegaron a Caracas a desempeñar los más humildes oficios para poder estudiar en la Universidad. Y esa masa surgida de las aulas universitarias ocupó el escenario desarrollista del país, y de ella derivó por movilidad social la llamada clase media, que hoy insulta la ignorancia con sus desplantes mediocres. La clase media es el pueblo estudioso y laborioso, y por ello en Venezuela la cacareada lucha de clases, tan citada por el marxismo infantil, no es más que la envidia de los que se quedaron contra los que surgieron. La democracia constituyó en Venezuela la auténtica revolución. La que elevó a un pueblo por encima de la ignorancia. La revolución que impone Chávez es “retrolución”, sectaria, excluyente y que propicia la ignorancia escolarizada, a través del razonamiento inducido en una escuela dogmática e ideologizante.

No hay comentarios: