viernes, 26 de enero de 2007

José Antonio Páez: De Primera Lanza a Fundador de Venezuela I




José Antonio Páez de primera lanza a fundador de Venezuela (I)
18 de enero 2007
Rafael Marrón González

Cuando José Antonio Páez, estrenando galones de General en Jefe, entra por primera vez a Caracas, el 29 de julio de 1821, en el séquito de Bolívar, seguido a distancia por una joven de dieciocho años, trigueña, de negro pelo trenzado en larga crineja y bellos ojos, tenía 31 años y lejos estaba de imaginar que en su futuro le correspondería ser el traductor de los deseos secesionistas de toda una nación que además de libre de potencia extranjera, también quería ser soberana; y que le tocaría, durante los dieciocho años comprendidos entre 1830 y 1848, la formación política de la República de Venezuela y la consolidación de sus instituciones administrativas, y ser el primero en convocar a elecciones para elegir sucesor y el primer Presidente de Venezuela en entregar el poder a quien vence en una contienda electoral, como fue el caso de las elecciones de 1835 que gana el doctor Vargas, cuyo contendor, el general Carlos Soublette, era el candidato oficialista, constituyéndose el traspaso en un ejemplo de civismo. Será Páez el hombre que hasta el último momento lucha por el respeto a la institucionalidad cada vez que es vulnerada, como en el derrocamiento de José María Vargas, el 9 de febrero de 1835; y cuando José Tadeo Monagas asalta el Congreso Nacional, el 24 de enero de 1848, Páez se levanta en armas para restablecer la Constitución de la República y es vencido por su compadre y antiguo subalterno José Cornelio Muños en el sitio de “Los Araguatos”, y es escarnecido llamándole el “rey de los araguatos”, encarcelado y exiliado a la Nueva Granada desde donde parte para Jamaica y curazao. Su intervención contra el alzamiento pro monaguista que desembocó en la guerra federal se debió al llamado de Julián Castro y de la Convención de Valencia, en diciembre de 1858, para que restituyera la paz en el país, pero los acontecimientos se precipitan y asume, por cuarta vez, el 10 de septiembre de 1861, la presidencia con el carácter de dictador, al mejor estilo romano, y el de Jefe Supremo de la República en guerra. La historia, humana al fin y sujeta a sus pasiones y veleidades, prefiere difundir esta última discutible actuación de Páez, echando un velo sobre su civilidad indiscutible.
Un Magistrado ejemplar
Los historiadores de manera unánime sostienen que: “El caudillo se empeña en borrar leyendas nacidas en los difíciles días iniciales de la campaña heroica, que mantenían temblando al procerato civil, de echarle tierra a una conducta más propia del militar que del mandatario civil que reclama el país, y los legisladores, tomando en cuenta todas las precauciones del caso, saben responsabilizar y encauzar por caminos rectos a quien en el transcurso de los años se convierte en un Magistrado ejemplar”. Y de su forma de gobernar opinan: “Durante su gobierno concilia la libertad y el orden y llama a colaborar a las figuras más destacadas de la época. En su conciencia no hay rencores. Muchos, quienes temen represiones por haber tenido diferencias con el general Páez, entran a girar en su órbita administrativa. Páez se convierte en lazarillo de un gobierno deliberativo que sirve de laboratorio a los intentos de gobiernos democráticos del continente”. Durante los primeros nueve años del gobierno de Páez, en dos períodos, nos dice la historia: “Entra en vigencia la Amnistía, se otorgan indultos, ascensos militares y se da comienzo a las primeras obras públicas. Durante el último período de Páez se decreta el traslado de los restos del Libertador, la instalación del primer Banco, la primera Ley de Jubilaciones, el establecimiento de la Colonia Tovar, se funda el Partido Liberal, se asoma la libertad de prensa, aparece el periódico “El Venezolano” y una voz y una palabra que sacudió las masas populares, llamado Antonio Leocadio Guzmán...”. Y así lo percibe el pueblo venezolano que le demuestra su admiración cuando sus restos regresaron a la patria y son llevados al Panteón Nacional, en el año 1888, 15 años después de su muerte. Este acto solemne se llamó “La Apoteosis del General Páez”.
Páez en la visión de Uslar Pietri
Arturo Uslar Pietri escribe una certera semblanza de este héroe de la venezolanidad: “Un hombre que venía del pueblo y era genuinamente pueblo, no sentía la necesidad de una retórica populista. Hizo el único gobierno liberal que conoció la Venezuela del siglo XIX, para tener la sorpresa de que la más agresiva oposición se formara contra él en nombre del liberalismo. Por una cruel y absurda ironía se le llegó a llamar godo, que fue durante la Independencia el nombre de guerra con el que se designaba a los realistas más recalcitrantes. Los hombres de la leyenda romántica gustaban de llamarlo el Centauro. Había cierta justicia en esto. No era solo por sus hazañas increíbles de lancero de los llanos, sino porque, como el mítico Quirón, fue también maestro de enseñanzas prácticas. Quiso hacer república y crear un orden para una Venezuela amenazada por la anarquía y la disolución. En toda su vida hay unidad y continuidad. Es el mismo hombre de las Queseras, que le devuelve la Presidencia a ese noble símbolo del Poder Civil que es el doctor Vargas. Y es el mismo que le muestra a Falcón, en la sabana del combate, al final de la Guerra Federal, como se ganó en Carabobo. Frente a la larga descendencia de los caudillos personalistas y dictatoriales que poblaron nuestro siglo XIX, Páez es un legalista, un mantenedor de principios, un hombre que cree necesario y respetable el orden constitucional. Con todas sus grandezas y limitaciones, personificó a Venezuela en una época decisiva de su historia. Del hato de Calzada al Panteón Nacional su vida es una sola vida”.
La visión de un diplomático extranjero El diplomático estadounidense Jhon G. A. Williamson, primero que mantuvo esa nación en nuestro país, conoció íntimamente a Páez, y escribe: “Mientras más conozco a este hombre más me complace su modo de ser. Estoy convencido de que sus deseos son los de engrandecer o, mejor dicho, tratar de beneficiar a este país en todo lo que esté a su alcance”. Y en otro aparte nos refleja la sencillez del prócer: “Visité al general Páez y lo encontré en su “gallera” privada, preparando sus gallos para la gran pelea que habrá el próximo mes. Me recibió en saco, sin chaleco ni corbata, y en pantuflas. Él siempre ha preferido la sencillez en el vestir. La pompa lo incomoda. Viéndolo así, quien no lo conoce difícilmente diría que es el presidente de Venezuela y el militar”.
El historiador Elías Pinto Iturrieta enumera dentro de sus virtudes:
“La valentía sin tasa que lo presenta como una figura de excepción en los anales de la historia militar. El abundante talento natural, que permite una explicación sobre su ascenso social y político. El carácter tesonero, mediante el cual se convierte en un luchador incansable frente a la adversidad y en un hombre enamorado de la vida”. Y dentro de sus defectos: “Una desmedida ambición de poder, capaz de llevarlo a protagonizar una decrépita dictadura. La miopía en la selección de sus allegados, debido a la cual sienta a José Tadeo Monagas (que no vacila en traicionarlo, cambiándose de bando) en la silla presidencial, y permite en la ancianidad los consejos de un valido pretencioso como Pedro José Rojas. Su abismal alejamiento del pueblo, hasta el extremo de despreciar los intentos de organización ensayados por los pardos”.
Asombrosa superación personal
Fue asombrosa la capacidad de superación intelectual y la inmensa capacidad de adaptación al medio ambiente de José Antonio Páez, un hombre nacido en el medio rural venezolano, en el pueblo de Curpa, cerca de Acarigua, estado Portuguesa, el 13 de junio de 1790, y que durante su juventud recibió una muy elemental educación. Era hijo de Juan Victorino Páez, funcionario del Estanco de Tabaco, y de María Violante Herrera. A los ocho años aprendió a leer “mal” en la escuelita rural de doña Gregoria Díaz, en Guama, y junto con su cuñado Bernardo Fernández desempeñaba algunas actividades de comercio menor. En 1807, con apenas 17 años, cuando regresaba de Cabudare, fue asaltado en el bosque de Mayurupí por cuatro hombres, y haciendo uso de las pistolas que cargaba en el arzón, mató a uno de los asaltantes y puso en fuga a los demás, fue en defensa propia, pero por ello, “...inducido solamente por un temor pueril, resolví ocultarme, y tomando el camino de Barinas, me interné hasta las riberas del Apure, donde, deseando ganar la vida honradamente busqué servicio en clase de peón, ganando tres pesos por mes en el hato de la Calzada, perteneciente a Don Manuel Pulido...”. En este hato estuvo bajo las órdenes de un capataz negro llamado Manuelote, que se esmeraba en vejarlo, y que una vez estuvo a punto de asesinarlo al ordenarle cruzar un río para buscar un caballo que se había escapado, obviando que Páez no sabía nadar. En La Mata de la Miel, prisionero de guerra, Manuelote conoció la nobleza del antiguo vasallo y se jactaba de haber sido él quien había formado el hombre para las acciones heroicas.
Dominga y Barbarita
En 1809 contrajo matrimonio con la guerrillera Dominga Ortiz en la población de Canaguá, hoy Libertad, en el estado Mérida, que recogió y crió como suyo a Ramón Ricaurte, hijo de Páez previo a su matrimonio, y a quien abandonará en 1821 con sus hijos Manuel Antonio y María del Rosario, para hacer vida concubinaria con Barbarita Nieves, nacida en los llanos apureños en 1803, a la que conoció posiblemente en 1820 y con quien conviviría hasta la muerte de ésta ocurrida en Maracay el 14 de diciembre de 1847, y de la que tuvo dos hijas, Úrsula y Juana de Dios, esta última casada con José María Francia, para quien es el mensaje urgente, que ante la gravedad de Barbarita le envía Páez el 19 de noviembre de ese año: “Mi pensado José María: Bárbara tu madre se nos ha agrabado considerablemente. Considérame como estaré. Bente bente bolando bolando. Soy spre. tuyo de corazón. Páez”. Fue Barbarita Nieves un personaje fundamental en la vida civil de Páez, según José Antonio Calcaño: “Era soprano y tocaba dúos con el general. Fue quien llevó a la casa del jefe llanero algo de cultura verdadera y juntos leyeron a Lamartine, Rousseau y Cervantes. Estas circunstancias explican bien que desde la Presidencia apoyara Páez las empresas musicales, así como la enseñanza de la música”. También estimuló el teatro y la pintura e incentivó al general para que aprendiera otros idiomas. Cuando Páez cae prisionero de Monagas en 1849 y es encerrado en el castillo de San Antonio en Cumaná, “...en una reducida mazmorra de piso húmedo y donde el aire era tan sofocante que me veía obligado a tenderme en el suelo y aplicar la boca a la rendija para poder respirar...”, fue a cumplir con sus deberes de esposa doña Dominga Ortiz, acompañada de su hija María, y lo acompaña después hasta Saint Thomas en su camino al destierro en Nueva York. “Hasta aquí llego yo”, fue la contundente respuesta de la orgullosa esposa ante la esperanzada súplica de Páez para que no lo abandonara en tan difícil destierro.
Patriota y realista
La revolución de 1810 encontró a Páez en Canaguá, y como Pulido fue nombrado gobernador de Barinas, le incorporó a sus filas. A consecuencia de los triunfos de Monteverde en 1812, Pulido tuvo que abandonar Venezuela y dirigirse a la Nueva Granada. Páez pidió su baja en 1813, con el grado de sargento primero, y permaneció en Canaguá donde tuvo que cumplir la misión de recolectar ganado para el Gobernador realista Antonio de Tíscar quien le ofreció el despacho de capitán que él fingió aceptar para, dándose a la fuga, salir en busca de los patriotas. Páez jamás fue realista ni perteneció al ejército del rey, como dicen algunos historiadores, se vio obligado a realizar un servicio para ellos, como tuvo que hacerlo la mayoría de la población de Venezuela durante los años de la ocupación de Monteverde y luego de Morillo. Porque negarse significaba la muerte. (Continuará)
Nota
Me informa un oyente de mi programa radial que Chávez había ordenado sacar a Páez del Panteón Nacional. Si eso es cierto, tal despropósito que atenta contra el espíritu de la nacionalidad surgida en Carabobo, gesta de la que Páez es héroe inmarcesible, sería la evidencia más clara de la intención bastarda de alterar la historia patria para imponer falsas lealtades comunes al gentilicio.

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